
En Sonora convivimos con una realidad que, poco a poco, hemos dejado de cuestionar. Algunos de los homicidios, las desapariciones o los escándalos de corrupción que aparecen en los medios ya no generan sorpresa ni indignación. Hemos aprendido a vivir con ellos como si fueran parte inevitable de nuestra cotidianidad. Esa pasividad, que nos mantiene alejados y ajenos, explica en gran medida cómo llegamos hasta aquí.